Puro instinto salvaje
Pasada la medianoche en lo alto de la Sierra. Se respira un aire cálido y las paredes del cañón conservan el calor del día. El sendero que discurre por las alturas de Auburn, California, está en silencio, salvo por el ritmo de los cascos y el suave golpeteo de las zapatillas de running. Un caballo y su jinete trazan un camino apenas visible, levantando nubes de polvo, y un corredor, Andy Gonzales, sigue su rastro ligero. Sin linterna, sin señales, solo el instinto le guía por el camino, en una carrera hacia un destino inimaginable.
Puro instinto salvaje
Pasada la medianoche en lo alto de la Sierra. Se respira un aire cálido y las paredes del cañón conservan el calor del día. El sendero que discurre por las alturas de Auburn, California, está en silencio, salvo por el ritmo de los cascos y el suave golpeteo de las zapatillas de running. Un caballo y su jinete trazan un camino apenas visible, levantando nubes de polvo, y un corredor, Andy Gonzales, sigue su rastro ligero. Sin linterna, sin señales, solo el instinto le guía por el camino, en una carrera hacia un destino inimaginable.
La carrera en sí fue un experimento. Un grupo de trail runners obsesionados con la resistencia pensaron que, si se podía recorrer ese terreno escarpado a caballo, por qué no se iba a poder hacerlo corriendo. Sin normas establecidas, ni un manual sobre cómo dosificar el esfuerzo o la alimentación, el sendero apenas contaba con infraestructuras. Esa incertidumbre marcó la experiencia tanto como el terreno. Andy llegó a American Canyon vestido con poco más que una camisa de franela ancha, una camiseta sin mangas que le quedaba mal, el forro interior recortado de un pantalón corto de running y unas zapatillas Nike Waffle. Aquella noche, en un sendero que en su día estuvo pensado para caballos, las zapatillas diseñadas para running le permitieron seguir avanzando.

La carrera en sí fue un experimento. Un grupo de trail runners obsesionados con la resistencia pensaron que, si se podía recorrer ese terreno escarpado a caballo, por qué no se iba a poder hacerlo corriendo. Sin normas establecidas, ni un manual sobre cómo dosificar el esfuerzo o la alimentación, el sendero apenas contaba con infraestructuras. Esa incertidumbre marcó la experiencia tanto como el terreno. Andy llegó a American Canyon vestido con poco más que una camisa de franela ancha, una camiseta sin mangas que le quedaba mal, el forro interior recortado de un pantalón corto de running y unas zapatillas Nike Waffle. Aquella noche, en un sendero que en su día estuvo pensado para caballos, las zapatillas diseñadas para running le permitieron seguir avanzando.
"Sinceramente, ninguno sabía lo que estábamos haciendo", recuerda Andy.
Pero allí estaba, creando un deporte que todavía no tenía nombre, con zapatillas creadas para el asfalto. Las Nike Waffle estuvieron a la altura. Las zapatillas se agarraron al terreno, aguantaron el calor y, al igual que Andy, demostraron que los senderos están hechos para correr.
Sobre el papel, Andy Gonzales no era nadie: un chaval de 22 años, procedente de Colfax, California, sin experiencia en running ni en esa distancia. Pero su camino hacia la línea de salida ya había empezado hace tiempo. Lo que para Andy comenzó como un entretenimiento mientras servía en la Marina de los Estados Unidos en Italia se convirtió en una búsqueda de la superación y, más tarde, de la grandeza. Para cuando volvió a su hogar, ya corría para ver hasta dónde podía llegar.

Uno de sus lugares de entrenamiento era el Stevens Trail, a las afueras de su ciudad. El entrenamiento era sencillo y agotador: más de 6 km de bajada pronunciada hasta la bifurcación norte del río American, a veces cruzándolo a nado, y una empinada subida por el South Bank Trail hacia Iowa Hill. La mayoría de runners dividían la ruta en tramos o esperaban a que hiciera menos calor. A Andy no le importaba el calor. Nunca llevaba agua y rara vez se detenía en el río. Con el tiempo, el cañón lo forjó.
Un día, mientras entrenaba, se topó por casualidad con un runner que le habló de una carrera que se iba a celebrar al día siguiente. Se trataba de una ruta accidentada de 160 km, con más de 5.000 m de ascenso y casi 6.700 m de descenso. Un gesta heroica para las piernas tanto de subida como de bajada.

La primera edición tuvo muy poca asistencia. Se inscribieron solo 16 runners, y la tasa de abandono fue tan alta que casi parecía una advertencia. El calor era brutal. Se superaron los 42 °C, pero en esos cañones bañados por el sol, la sensación térmica era casi de 48 °C. La carrera se celebró junto con la prueba de caballos, y cada runner debía llevar consigo casi todo lo que necesitaba. Andy recuerda algunos momentos surrealistas, como avanzar con dificultad por el agua embarrada junto a un imponente caballo, ver cómo el entorno era tan duro que solo podían guiarse por instinto.
En el kilómetro 80, 13 de los 16 participantes habían abandonado y, de los 3 restantes, solo uno terminó por debajo del límite de 24 horas. Ese corredor fue Andy Gonzales, con un tiempo de 22 horas y 57 minutos.

Las Nike Waffle que llevaba en esa carrera de 1977 no estaban diseñadas para una prueba de resistencia de 160 km por montaña. Sin embargo, aprobaron con nota. Cuando se lanzó la innovadora suela exterior de tipo gofre de Bowerman, la comunidad de runners pudo disfrutar de una transición suave del asfalto a los senderos, algo hasta entonces imposible con los sistemas de amortiguación anteriores. Las zapatillas, creadas gracias a la obsesión de Bowerman por conseguir ligereza y tracción, ayudaron a Andy a superar todo lo que se le interpuso en el camino aquel fatídico día.
Un año más tarde, el trail de 160 km se consolidó como evento independiente. Se separó de la carrera de caballos y se adelantó a principios de junio. En la actualidad se sigue celebrando y es una de las pruebas más prestigiosas del mundo del ultramaratón. El número de participantes aumentó hasta 63, incluidas 5 mujeres, y se incluyeron puestos de avituallamiento. Lo que comenzó como una prueba de concepto empezaba a parecerse a un auténtico evento deportivo.

Andy volvió a la línea de salida y volvió a ganar. Esta vez en 18 horas y 50 minutos, recortando varias horas su marca original. La noche anterior, Shannon Yewell Weil, la misma jinete a la que había seguido entre el polvo y la oscuridad en 1977 y cofundadora de la carrera de resistencia, se dio cuenta de que la suela tipo gofre de sus zapatillas estaba casi completamente desgastada. Así que le ofreció sus propias zapatillas Waffle. Andy se las puso y, con ellas, corrió hasta conseguir la victoria.
Nadie esperaba la primera victoria de Andy. Sin embargo, la segunda victoria disipó cualquier duda. Las zapatillas sobrevivieron. Shannon explica que no son solo unas zapatillas viejas y desgastadas, sino que representan una experiencia increíble, un vínculo que forjó una amistad para toda la vida y pasó a formar parte de la historia del atletismo. Aquella complicidad nació en la oscuridad de los últimos 60 km de la carrera de 1977, cuando ambos se fueron adelantando mutuamente.

La historia de Andy demuestra que todo atleta lleva en su interior una fuerza indomable. Todavía no existe ningún indicador que mida la capacidad de alguien para negarse a rendirse. No hay ningún aparato fiable que mida el instinto, ni ningún gráfico claro que explique la fuerza de voluntad. La única prueba es cruzar la línea de meta. Cada atleta es quien encuentra su camino incluso en la oscuridad, quien decide no detenerse bajo el calor insoportable, quien vuelve al año siguiente más rápido que antes.
Andy no se limitó a terminar la carrera. Fue uno de los primeros en descubrir lo que exige una prueba de estas características.
La ambición desenfrenada es lo que lleva a una persona a decantarse por el trail. La innovación existe para dar respuesta a esa decisión: para responder a ella, apoyarla y que pueda repetirse.

Imágenes cedidas por The Shannon Weil Collection y Western States Trail Foundation.