¿Alguien quiere jugar al tenis? ¿Alguien se anima?

Comunidad

En esta escarpada isla escocesa, la cancha de tenis más remota de Gran Bretaña reúne a lugareños de distintas edades y habilidades.

Última actualización: January 24, 2022
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Cancha de tenis Bunabhainneadar 

"Lugares de juego" es una serie que muestra los lugares en donde el deporte reúne a las comunidades.

En la isla de Harris, en las Hébridas Exteriores, frente a la costa occidental de Escocia, habitan unas 20.000 personas intrépidas, superadas ampliamente por unas 50.000 ovejas robustas. En conjunto, crean el producto más conocido de la isla: el tejido artesanal Harris Tweed. En el sentido más literal, el tejido de vínculos en esta comunidad es realmente unido.

Cierra los ojos y podrás oír el estruendo de las olas del mar, el beee-beee de las ovejas repartido por las colinas de brezo... y a los lugareños gritado por un punto del partido. Y es que sí, en esta antigua y desolada región se encuentra la cancha de tenis Bunabhainneadar (Boona-ven-adder), la más remota de Gran Bretaña, y tal vez de todo el mundo. Y en esta comunidad aislada, donde el distanciamiento social es una realidad cotidiana, esta cancha se ha convertido en un elemento fundamental.  

La cancha por sí sola suele detener el tráfico... cuando hay. Algunos turistas se bajan de su auto de alquiler para tomar fotos. "¿Qué pasa?", se ríe Mike Briggs, de 65 años, mientras saluda desde el pasto artificial (turf). "¿Nunca has visto una cancha de tenis?".

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Mike Briggs y su esposa, Peggy, en la breve caminata de regreso a su casa por la carretera de un solo carril.  

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Mike, un entrenador cualificado por la Lawn Tennis Association, en la cancha que ayudó a construir.  

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Socios en los dobles: Los Briggs en casa.

Mike y Peggy solían ser turistas: pasaban todos los veranos aquí, en la misma casa de campo alquilada, justo al otro lado de la colina. En 1992, cuando los propietarios les avisaron que vendían la casa, los Briggs tomaron la decisión de comprarla y trasladarse desde el sur de Inglaterra para instalarse allí de forma permanente.  

Harris está tan al norte como Juneau (Alaska), y aunque los veranos son muy agradables y atraen a muchos visitantes, los inviernos son sombríos y solitarios, con poca luz diurna y fuertes tormentas que soplan desde el Atlántico Norte. 

Al presentarse ante el médico local al llegar, les dijeron que la mayoría de los foráneos duran como máximo dos años. Pero los Briggs no son como la mayoría de los foráneos. "Lo único que echábamos de menos era el club de tenis donde jugábamos y donde Mike entrenaba a los jóvenes", comenta Peggy. Así que decidieron construir uno para la comunidad.  

Cancha de tenis Bunabhainneadar 
Cancha de tenis Bunabhainneadar 

James McGowan enseña a su hijo, Aaron, a jugar.

Cuando la pareja llegó por primera vez, los niños de la zona lanzaban una pelota de un lado a otro sobre una red de pesca instalada en la carretera, y la bajaban cada vez que pasaba un tractor. "Estábamos seguros de que una cancha de tenis beneficiaría a la comunidad", dice Peggy. Nunca imaginaron hasta qué punto. 

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Paisajes de la isla de Harris.

Cuando se es foráneo, es mejor tener cuidado con los lugareños. Se hicieron sondeos, se consultó respetuosamente a la población local y la respuesta fue contundente: construye la cancha de tus sueños e iremos. La compra del terreno fue la parte más fácil. "Por suerte, el entonces propietario de los terrenos de North Harris, Jonathan Bulmer, nos apoyó mucho y nos vendió el terreno en una libra", dice Mike.  

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"No se trata de cualquier cancha de tenis: sus cimientos fueron literalmente excavados en las rocas de Harris". 

Andrew Morrison 

Cancha de tenis Bunabhainneadar 

La cancha fue diseñada para integrarse en el paisaje natural.

"No se trata de cualquier cancha de tenis, sus cimientos fueron literalmente excavados en las rocas de Harris, y todos los que vivimos en la isla sabemos el reto que eso implica", comenta Andrew Morrison, propietario del Hotel Harris. ¿Conseguir las 62.000 libras esterlinas (81.000 dólares) para construir la cancha y la acogedora caseta de madera para protegerse de las inclemencias del tiempo? Se necesitaron cuatro años de reuniones, subvenciones y muchas, muchas cartas escritas a mano dirigidas a jugadores profesionales y a famosos aficionados al juego de todo el mundo, preguntándoles si estarían interesados en ser miembros vitalicios del Outer Hebrides Tennis Club por la suma de 50 libras (65 dólares). "Esto ocurrió cuando no existía el correo electrónico, y el fax era demasiado complicado", dice Mike. "Así que escribimos cartas. Quinientas de ellas". 

El resultado fue bueno. Las solicitudes para las membresías llegaban sin parar. Incluso la leyenda del tenis Bunny Austin envió 5 libras (6,50 dólares) desde Australia. "Creo que les divertía el espíritu romántico de todo esto", dice Peggy.  

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El tenis es un deporte social para los residentes de la isla.

Una rápida mirada al libro de visitas que hay en la caseta muestra que personas de lugares tan lejanos como Nueva Zelanda, Canadá y Argentina han pagado recientemente su cuota anual de alquiler de 17 libras (22 dólares) para reservar la cancha durante 90 minutos. Pero, ante todo, se trata de una instalación que funciona todo el año para los habitantes locales de todas las edades, muchos de los cuales aprecian la conexión social y física. Además, los Briggs organizan un torneo anual de tenis el día de San Esteban (el siguiente al día de Navidad), con vino caliente y pasteles de carne para mantener entretenidos a los jugadores y a los espectadores.

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Dan Mackinnon y John Macleod juegan dobles con Andrew y Hugh Morrison.

Dan Mackinnon (arriba a la izquierda [de lado izquierdo] y abajo a la izquierda) y John Macleod (arriba a la izquierda [del lado derecho]) juegan dobles con Andrew (arriba a la derecha, y abajo a la derecha [de lado izquierdo]) y Hugh Morrison (abajo a la derecha [de lado derecho]).

"Nunca había jugado al tenis, pero lo hago regularmente desde que se abrió la cancha", dice John Macleod, un agricultor que creció en la isla. Los Briggs enseñaron a jugar a muchos de los estudiantes de la localidad y hay varios que todavía juegan, como los Morrison, cuya familia es propietaria del Hotel Harris, en Tarbert, desde hace más de 100 años. "Quizás no practicaría este deporte si viviera en otro lugar, pero es un verdadero placer jugar en este entorno", comenta Andrew.  

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En el sentido de las manecillas del reloj desde la esquina superior izquierda: Diana McKinnon, Ruth Hamilton, Morag MacDonald, Christine Macmillion, Diana, Peggy, Diana, Ruth, Morag

En el sentido de las manecillas del reloj desde la esquina superior izquierda: Diana McKinnon, Ruth Hamilton, Morag MacDonald, Christine Macmillion, Diana, Peggy, Diana, Ruth, Morag

Sin embargo, se trata de algo más que de tenis. "La cancha se utiliza para muchas más cosas de las que imaginamos", explica Mike. Además de ser entrenador homologado por la Lawn Tennis Association, es instructor cualificado de Hatha yoga. Peggy es una entrenadora personal certificada e instructora de pilates, especializada en ayudar a las personas mayores con su movilidad. Cuando les resulta posible, dan sus clases en su estudio al aire libre con vista al mar. El aire fresco y la vista espectacular ejercitan la mente y el alma, además del cuerpo. "Es un espectáculo encantador ver un montón de colchonetas de colores en el lugar con muchas piernas agitándose en el aire", dice Peggy. 

Los turistas vienen de todo el mundo por la novedad, pero los lugareños vienen de toda la isla por el espíritu de comunidad. "Se ha convertido en toda una atracción", dice Mike. "Sin embargo, para nosotros significa más que la gente viaje una hora desde el otro extremo de la isla para venir a una clase bajo la lluvia", añade Peggy.

Cancha de tenis Bunabhainneadar 

Texto: Hugo Macdonald  
Fotografía: Tori Ferenc 

Reportado: septiembre 2020

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